Cómo ayudar a tu hijo/a  a manejar el enfado

Cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado

“El enfado es una emoción natural y útil que todos los seres humanos tenemos.”

El enfado es necesario en muchas situaciones, puede entre otras cosas, avisar a tu hijo/a de cuando las cosas no son justas. Imaginemos que una niña en el colegio le da un empujón y le quita el balón. Lo natural, es que tu hija/o se enfade (lo cual no quiere decir que tenga que ser violento hacia esa niña), será ese enfado el que le alerte de que la situación no es justa para él o ella, y le de la energía y el impulso que necesita para actuar ante esa situación (como decirle a la niña que eso no le ha gustado y que no lo haga más, pedir ayuda a alguien del profesorado, etc). Si ante la situación que hemos descrito no aparece enfado, lo más probable es que tu hijo/a no haga nada. Una vez dicho que el enfado es una emoción necesaria en todas las personas (incluidos los niños/as), también hay que decir que puede convertirse en un problema si el niño/a no lo sabe manejar de forma adecuada. Por ello, es importante que aprendas cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado.

Cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado

El manejo del enfado

Déjame que te plantee una situación…

Has dejado a tu hijo/a en el parque al cuidado de otra madre o padre, porque tenías que ir a hacer recados urgentes. Al terminar de hacer los recados, vuelves al parque a recogerle/a porque tienes que llevarle rápidamente a su cita con el dentista. Has andado como pollo sin cabeza para llegar al parque y llevarle/a al dentista a tiempo. Estás orgulloso/a de que te haya dado tiempo a hacer todos tus recados. Cuando llegas al parque esperas que tu hijo/a te abrace y te salude.

Cuál es tu sorpresa cuando en el momento de verte se tira al suelo y comienza a llorar, como si le hubiesen hecho algo horrible. Entre lágrimas y sollozos te dice:

¡Yo no voy!
¡Siempre haces que me pierda todas las cosas divertidas!
¡No quiero ir!

Desde luego que no era el recibimiento que esperabas. Los latidos de tu corazón se aceleran y notas que empiezas a ponerte rojo/a. Muchos pensamientos empiezan a pasar por tu mente:

¿Sabes lo que he tenido que correr para estar aquí a tiempo?
¿Qué quieres decir con que siempre te estropeo las cosas divertidas?
¡Cómo te atreves a gritarme después de todo lo que hago por ti!

Los demás padres y madres te miran, esperando tu reacción.

Tienes dos opciones:

1. Puedes recurrir a la vieja escuela: Acercarte a tu hijo/a y decirle que baje la voz de inmediato y que te muestre respeto, o si no…
Esta podría ser una respuesta razonable. Comportarte de una forma severa y poner un límite a la falta de respeto de tu hijo/a. También es cierto que una respuesta así, en ese momento, muy probablemente, genere un nuevo evento estresante para tu hijo/a (además, del que ya estaba experimentando, obviamente). Desencadenará todo tipo de sentimientos intensos añadidos en el cerebro aún poco maduro de tu hijo/a.

2. Tu segunda alternativa es rechazar la invitación de tu hijo/a de entrar en una pelea: En lugar de crear un nuevo evento estresante (lo que hubiese supuesto la opción 1), puedes tomar la decisión consciente de disminuir la emoción de tu hijo/a, manejando su dolor con empatía y ayudándole/a a comenzar a poner en palabras todas esas emociones que está sintiendo. Cuando un niño/a se siente abrumado/a por el estrés, su sistema límbico (la parte emocional del cerebro) se activa y su capacidad para acceder a los pensamientos racionales de su corteza prefrontal (la parte lógica de su cerebro) se ve muy obstaculizada. En medio de esta situación, ayudarás más a tu hijo/a si intentas ayudarle a sacar esas emociones tan intensas.

Y tú, ¿qué harías en esta situación?

Puedes aprender sobre cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado. El manejo responsable del enfado comienza con la aceptación del mismo, pero evitando actuar sobre esa emoción atacando a las demás personas. Hay maneras de expresar lo que necesitamos, sin atacar a otras personas.

De hecho, cuando estamos dispuestos a detenernos y observar los sentimientos que se esconden bajo el enfado, encontramos dolor, miedo y tristeza. Si nos permitimos sentir esas emociones, el enfado se derrite. Solo es una defensa frente a ese dolor, miedo y tristeza.

Esta constituye una de las tareas más importantes de la infancia:

“Aprender a tolerar las heridas de la vida diaria sin caer en el enfado que daña a otras personas o al propio niño/a.”

¿Por qué mi hijo/a se enfada?

Hay muchas razones por las cuales tu hijo/a puede enfadarse:

  • Ha visto a otros miembros de la familia discutiendo o enfadándose entre ellos.
  • Ha tenido algún problema con un amigo/a.
  • Se siente estresado/a.
  • Tiene miedo.
  • Alguien le ha hecho daño.
  • Etc.

En algunas ocasiones, puede ser difícil para ti y para tu hijo/a saber por qué se siente enfadado/a. Puede resultar difícil encontrar el origen. Si este es el caso, es importante descubrir qué podría estar causando su enfado.

En estos casos, siempre recomiendo hacer algunos ejercicios en casa con el niño/a sobre el enfado: dar un nombre al enfado, dibujar el enfado (puede ser un volcán que finalmente explota o un globo que se hincha demasiado y explota) o buscar una canción que represente el enfado, entre otras cosas.

También tenemos que tener en cuenta que los niños/as no contextualizan, ni calibran adecuadamente sus disgustos, una pequeña decepción puede parecer el fin del mundo para ellos/as. Además, dado que no tienen una corteza frontal completamente desarrollada para ayudarles a autorregularse, los niños/as son aún más propensos a atacar cuando están enfadados/as.

¿No te parece una locura que esperemos que los niños/as manejen el enfado adecuadamente cuando muchas personas adultas no lo conseguimos?

Afortunadamente, a medida que se desarrolla el cerebro, los niños/as adquieren la capacidad de manejar el enfado de manera más constructiva.

11 consejos para manejar el enfado infantil

1. Hablar

Con calma, pide a tu hijo/a que te explique qué ha pasado para enfadarse. Hablar sobre el tema puede ayudar a algunos niños/as a calmarse. Si tu hijo/a no quiere hablarlo contigo, quizás se sienta más cómodo/a “hablando” con una mascota, un títere o un amigo imaginario. Suele ser una buena idea tener a mano algún muñeco que uséis exclusivamente para las situaciones de enfado. En algunas ocasiones ocurre que los niños/as son incapaces de verbalizar lo que les pasa. Entonces, pueden desahogarse pisoteando o golpeando una almohada. Bailar o dar un paseo también puede ser útil.

2. Escuchar

Si tu hijo/a te cuenta el motivo del enfado, solo tienes que escuchar. A menudo, cuando un niño/a no se siente escuchado/a, su enfado escala, es decir, va aumentando progresivamente. Por el contrario, cuando un niño/a se siente comprendido, es más probable que comience a sentirse más tranquilo/a, incluso aunque no logre salirse con la suya. Mientras más compasivo/a seas, más probable será que tu hijo/a encuentre los sentimientos que hay bajo la ira.

“Oh, cariño, lo siento, es tan difícil… Estás diciendo que nunca te entiendo… debes sentirte tan mal”.

No tienes por qué estar de acuerdo. Solo reconoce lo que a tu hijo/a le está sucediendo en ese momento.

3. Presencia física

Mantente lo más cerca que puedas. Tu hijo/a necesita ser aceptado/a (especialmente, en sus peores momentos). Si necesitas alejarte porque está tirándote cosas o intenta hacerte daño, puedes decirle:

“No dejaré que me hagas daño, así que voy a retroceder un poco, pero estoy aquí. Cuando estés listo/a para un abrazo, aquí estoy”.

Nunca subestimes el poder de un abrazo para hacer que un niño/a se sienta amado y aceptado.

4. Ser un ejemplo

Sabemos que los niños/a imitan a los adultos, por lo que la forma en que manejas tu propio enfado y frustración, seguramente afectará a tu hijo/a. Conviértete en un modelo, y es probable que tu hijo/a, haga lo mismo.

5. Elogiar

Nunca me cansaré de decir lo importante que es reforzar verbalmente a un niño o niña por su buen comportamiento. Hazle saber a tu hijo/a que te das cuenta de cuando maneja su enfado de una manera positiva o cuando hace esfuerzos por conseguirlo.

6. No tomárselo como un ataque personal

Los padres y madres, a menudo os sentís dolidos/as cuando vuestros hijos/as os gritan. Pero tu hijo/a en realidad no te odia, o no quiere una nueva madre o padre, o lo que sea que te pueda decir. Tu hijo/a se siente herido/a, asustado/a e impotente, por lo que está diciendo las peores cosas que se le ocurren en ese momento, para que te des cuenta de lo triste que está.

“Debes estar muy enfadado para decirme eso. Dime por qué estás molesto. Estoy escuchando”.

Tu hijo/a no se está “portando mal”. Te está mostrando de la mejor manera que puede lo mal que se siente.

7. Establecer límites para que no haya un daño físico

Si tu hijo/a te está agrediéndo a ti o a otra persona, será necesario que pongas límites, mientras reconoces su enfado.

“Veo que estás muy enfadado/a. Puedes estar tan loco/a como quieras, pero pegar no está bien, no importa lo enfadado/a que estés. Puedes dar golpes en el suelo con tus pies para mostrarme lo enfadado/a que estás, pero no pegar”.

Si te intenta pegar, sostén su muñeca y dile: “Veo lo enfadado/a que estás. No quiero ver tu puño tan cerca de mí. Puedes golpear la almohada (u otro objeto blando) que estoy sujetando.”

8. Darle un entorno seguro

Si tu hijo/a se siente seguro para expresar su enfado, y tratas ese enfado con compasión, comenzará a derretirse. Si aceptamos el enfado de nuestro hijo/a, podrá expresar lo que se esconde bajo el mismo: generalmente, temores, dolor y tristeza. No analices, solo empatiza.

“Realmente querías eso, lo siento mucho, cariño”.

Una vez que reconoces los sentimientos bajo el enfado, probablemente parará y deje de arremeter contra ti. Verás cierta vulnerabilidad o incluso dolor. Puedes ayudarle/a a expresar esos sentimientos centrándote en lo que originó esos sentimientos.

“Lamento mucho que no puedas tener/hacer _____.”

9. No evaluar si está exagerando

¡Por supuesto que está reaccionando demasiado! Recuerda que los niños/as experimentan daños y miedos diarios que no son capaces de verbalizar y que las personas adultas ni siquiera notamos. Los guardan sin expresar, y luego buscan la oportunidad de “descargarlos”.

Entonces, si tu hijo/a tiene una crisis porque quiere ponerse el niqui azul que está en la lavadora, y que por lo tanto, no puede ponerse, está bien, simplemente dale la bienvenida cariñosamente a su crisis. La mayoría de las veces, no se trata del niqui, o lo que sea que esté exigiendo.

10. Si tu hijo/a ya está en un colapso total

Esta es una de las situaciones más difíciles a la hora de aprender cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado. No hables, excepto para empatizar y asegurarle que está a salvo. No intentes razonar o explicarle nada. Cuando tu hijo/a está inundado/a de adrenalina y reacciones intensas, no es el momento de explicarle por qué no puede tener lo que quiere, o no es posible lograr que admita que ha hecho algo que no está bien. Solo es capaz de reconocer lo triste que está.

11. Una vez que se haya calmado, podéis hablar

Resiste el impulso de darle un sermón sobre su comportamiento inapropiado. Cuéntale una historia para ayudarle a contextualizar la gran ola de emociones que ha sentido.

“Has tenido algunos sentimientos muy importantes. Todas las personas necesitamos llorar a veces. Tu querías _____ y te he dicho que no. Estabas muy decepcionado/a. Te has enfadado. Estabas triste. Gracias por mostrarme cómo te has sentido.”

Si tu hijo/a no quiere hablar sobre lo que ha sucedido, puedes esperar para cerrarlo más tarde durante ese día o hacerlo cuando estás acostándole. La mayoría de los niños/as quieren escuchar la historia de cómo se han enfadado y llorado, siempre y cuando sea una historia, no un sermón. Esto, les ayuda a comprenderse a sí mismos/as y les hace sentir escuchados/as. Tu hijo/a sabe que su comportamiento no ha sido adecuado. Reconoce que una parte de él/ella quiere tener un comportamiento mejor la próxima vez, y alinéate con esa parte. También asegúrate de darle la oportunidad de practicar para que la próxima vez pueda resolver mejor su problema.

“Cuando nos enfadamos mucho, como cuando te enfadas con tu hermana/o, nos olvidamos de lo mucho que queremos a la otra persona. Parece que es nuestro enemigo. ¿Verdad? Te has enfadado mucho con él/ella. Todos nos enfadamos así a veces. Y cuando estamos muy enfadados, nos entran ganas de pegar. Pero si lo hacemos, más tarde lamentamos haber hecho daño a esa persona. Desearíamos poder resolver el problema usando nuestras palabras. Me pregunto qué más podrías haber dicho o hecho, en lugar de pegarle. ¿Qué se te ocurre a ti?”

Y… ¿qué hay de los límites?

¿Lo que he dicho hasta ahora sobre cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado significa que debemos tolerar las faltas de respeto por parte de los niños/as? No, claro que no. Por favor, no me malinterpretes. Es necesario que hables a tu hijo/a sobre la falta de respeto que haya podido tener y explicarle dónde está el límite, que es adecuado y que está mal. Pero, es más apropiado si lo haces una vez que haya pasado el enfado, es decir, cuando tu hijo/a no esté viviendo emociones tan intensas y sea más receptivo/a al aprendizaje.

De forma resumida, podemos decir que en algunos momentos los niños/a pueden usar su parte lógica del cerebro, y en otros momentos no pueden, especialmente durante períodos de estrés. Tener conciencia de esto es importante porque ayuda a los padres y madres a tomar mejores decisiones cuando responden a situaciones de enfado de sus hijos/as y a ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado.

Cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado la próxima vez que se enfade…

Sé que todo lo que he dicho hasta ahora sobre cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado, suena muy bien, y también sé que no siempre podrás seguir todos los consejos del artículo.

Por este motivo, te animo a que vuelvas a echar un vistazo al artículo cómo ayudar a tu hijo/a a manejar el enfado y a que escojas únicamente uno de los consejos, para aplicarlo cada vez que tengas que manejar una situación de enfado de tu hijo/a. Comienza por una sola cosa, añadiendo una sola estrategia, para poco a poco ir añadiendo nuevas estrategias.

Si sientes que las cosas no están cambiando después de unos meses de esforzarte, no dudes en buscar ayuda de un profesional. Un psicólogo podrá ayudar a tu hijo/a manejar emociones intensas, y en definitiva, a desarrollar su inteligencia emocional.

En general, suelo recomendar que el padre y la madre también participen en el proceso acudiendo una sesión mensual para trabajar con el psicólogo. De esta manera, tu hijo/a no sentirá que es el foco del problema.

Para saber cómo explicar a tu hijo/a que irá a ver a un psicólogo puedes leer el artículo del blog titulado “11 consejos para explicarle a tu hijo/a que va a ir al psicólogo”.

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